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Audi R8 V10 VS. Porsche 911 Carrera S PDK: Riesgo de hipertensión

Ni el mejor cardiólogo del mundo podría combatir las sensaciones que se acumulan en nuestro organismo cuando pisamos a fondo el acelerador del nuevo Porsche 911, turboalimentado por primera vez en su historia, y del supercar más mediático de los últimos meses, el Audi R8, tras sus apariciones en manos de futbolistas

Con todo atrás y el motor ligeramente descolgado respecto al eje posterior, el Porsche 911 es más divertido de conducir.

Pulso acelerado, pupilas dilatadas, palpitaciones, la tensión por las nubes… no hay Lexatín ni opiáceo que pueda con esto; en el garaje reposan inquietos dos ‘pepinos’ con los que podría haber forrado la carpeta del cole en mis años mozos. Acerco la mano al abridor escamoteado del R8 y la luz celeste de sus faros láser ilumina el garaje. Ha reconocido la llave que abulta mi bolsillo y ahora sí… las puertas del cielo se se abren de par en par.

Un botón rojo en el volante marca el inicio de una tormenta de rugidos, bramidos y petardeos que muy bien podrían llegar a escucharse hasta la planta noble de nuestro edificio editorial, la quinta. Remonto la rampa no sin algunas dificultades para superar dos curvas angostas y de mala visibilidad, como es tradición en todo garaje que se precie. Bastan unos cientos de metros en ciudad para descubrir que esta bestia se asfixia… Necesita aire y asfalto. Las arrancadas son más bruscas de lo deseable a causa de la caja S tronic de doble embrague, preparada para aguantar un trabajo salvaje de par a altas velocidades pero que no digiere nada bien el ‘medio’ urbano.

En las mismas condiciones el Porsche lo hace todo de forma más discreta. Arranca con el bombín a la izquierda del volante –tradición– y echa a andar con modales más refinados y una sutileza que nos permite sortear la misma rampa y el tráfico con la ligereza de un VW Polo. Sin duda su eje trasero direccional lo convierte en el compañero ideal para circular en el tráfico diario sin problemas.

Buscando asfalto

La búsqueda de un mar de asfalto donde dar rienda suelta a sus más bajos instintos nos lleva hasta la autopista. En estas condiciones el trabajo de suspensiones del R8 es increíble, en la posición Comfort de las cuatro disponibles en el Audi Drive Select descubrimos cómo los amortiguadores ‘acunan’ el habitáculo y nos permiten plantearnos realizar un viaje largo sin miedo. En contra de lo que cabría esperar, la suspensión del 911–también regulable de serie y en este caso con el kit deportivo– resulta más incómoda para ‘rutear’. El Porsche cuenta con tres modos de conducción y el R8 sólo es más firme en su opción más deportiva, la Dynamic.

La relación peso/potencia del 911 –3,6 kg/CV– se acerca mucho a los 3,0 del R8. 

Pese a la diferencia de potencia de 120 caballos a favor del Audi, la relación peso/potencia los acerca peligrosamente para temor del R8, asustado ante la idea de ser desalojado del olimpo de los supercar en ésta su variante de acceso a la gama y caer en el de los deportivos, donde reina el Porsche 911 Carrera. Sin duda el sportcar por excelencia que en esta nueva generación ha sido criticado por los más ‘puretas’ al haber incorporado un turbo de baja presión en su ya mítico motor bóxer de seis cilindros, lo que le ha permitido bajar peso, cilindrada e incluso consumo, logrando además un aumento de 20 caballos con su equivalente de par. La herejía que supone el intercambio de cubicaje por una sobrealimentación no es tal, pues el propulsor suena casi igual –sino fuera por el ligerísimo zumbido metálico del turbo en plena carga– y, a cambio, la ganancia en empuje a medio y alto régimen es notable. De hecho la conducción es más cómoda, pues no obliga a estirar tanto las marchas y usamos menos el cambio.

Riesgo y diversión

Que nadie se equivoque, sigue siendo un coche para los que quieres conducir y divertirse, aunque exige un nivel alto de pilotaje. Su paso por curva sigue provocando mariposas en el estómago, con apoyos al límite de la realidad si vamos ‘pasados’, y un eje trasero que acompaña los virajes con unos deliciosos deslizamientos laterales controlables con acelerador –mantiene autoblocante mecánico–, el control de estabilidad y… mucha sangre fría.

En el R8 prima la razón. Más rápido que el Porsche –lo justo hubiera sido contar con el 911 Turbo, aún no disponible– es un coche nacido para ir realmente rápido marcando trazadas milimétricas y con unos giros tan precisos como las incisiones de un cirujano. Sólo más allá del límite la tracción quattro determina un comportamiento algo brusco, pero si llegamos a ese límite significa que vamos a un ritmo infernal más allá de la física y la cordura. No está pensado para llegar a ese punto, sino que la prioridad es ser más rápido que la mayor parte de los automóviles de este mundo sin exigir tanta pericia al conductor.

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