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Prueba Ford Mustang GT Convertible: Exótico, intenso y genuino

Desde el otro lado del Atlántico llega el antídoto contra el aburrimiento más asequible. Un Mustang capaz de robarles protagonismo a los deportivos más cotizados del mercado nos espera. ¿Estará a la altura de las expectativas?

Agradecemos a las Bodegas Portia de Gumiel de Guzmán –Burgos– por cedernos sus instalaciones para esta sesión fotográfica

Hemos tenido que esperar 50 años a que el pony car por excelencia llegara a nuestro mercado y después de celebrarlo y de entonar el 'bienvenido Mr. Mustang', tampoco es que nos haya hecho libres, precisamente. Nacido inicialmente para popularizar las sensaciones de los grandes deportivos, este modelo prometía diversión a raudales a un coste bajo pero claro, después de revisar sus acabados, aumentar su equipamiento tecnológico y modificar su estructura y suspensión, la factura se ha ido incrementando hasta el punto que, para hacernos con el V8 Convertible, es decir, el Mustang por excelencia, el desembolso asciende a 50.000 euros. En cualquier caso, para los más críticos formularemos la siguiente pregunta: ¿qué otro modelo de precio similar podría dejar en segundo plano a un Nissan GT-R y un BMW M4 que probamos a la vez? Muy sencillo: ninguno.

El Mustang es espectáculo puro y lo percibes desde el primer momento que lo tienes enfrente. Es sólo unos centímetros más grande que los dos citados cupés, pero con su alargado morro y su enorme parrilla delantera, el americano parece mirarte a los ojos de forma desafiante desde sus dos potentes faros que, por cierto, son de xenón y vienen de serie –empieza a descontar euros–. La carta de presentación no puede ser más prometedora ni más directa. En el interior, una placa se encarga de recordarnos que estamos subidos en todo un mito, objeto de deseo ya en 1964, 20 años antes que algunos aterrizáramos en este mundo.

Sí, impone pero no menos que su enorme volante, el elevado salpicadero o la palanca del cambio, de tacto duro aunque preciso. Pero sin duda el que se encarga de dispararnos las pulsaciones es el V8 de 5.0 litros que se despierta súbitamente al pulsar el botón 'Start'.

TODO UN SHOWCAR

Con la melodía de un motor tan 'gordo' susurrándonos al oído, el Mustang nos pide a gritos hundir el pie derecho en un pedal de recorrido larguísimo y soltar el embrague rápidamente. Misión cumplida; los neumáticos traseros –de compuesto más bien duro– chirrían y deslizan ligeramente mientras vemos cómo el gigantesco morro se eleva ante nosotros. Puro sabor americano, pensamos mientras apuramos las marchas hasta la cuarta velocidad. Entonces, nos percatamos de que estamos a punto de superar el límite de velocidad y es que los desarrollos de  esta caja –de seis velocidades– se nos antojan larguísimos. Esta es la solución que han encontrado los técnicos de Ford para aprovechar todo el par y mantener unos consumos medianamente razonables. Lo celebramos, aunque hayamos tenido que renunciar a la sexta durante prácticamente toda la prueba. Con el gasto de combustible rondando los 14 litros/100 kilómetros, mantenemos cruceros elevados en autovía, donde nuestro 'purasangre' se revela como un magistral rodador.

A pesar de estar subidos en el descapotable, el aislamiento del habitáculo resulta apropiado y la suspensión filtra perfectamente las irregularidades del asfalto y sujeta el bastidor con solvencia en las curvas rápidas. En este terreno resulta  más eficaz y placentero que cualquiera de sus rivales europeos, pero la carretera comienza a torcerse y la exigencia aumenta.

El tren de rodaje más rígido, de serie en Europa y disponible en Estados Unidos como opción, resulta a nuestro paladar más cómodo que efectivo porque impide que apreciemos los cambios de firme y en los giros más cerrados no evita algunos movimientos laterales de la carrocería. No es exagerado, de hecho los neumáticos no pierden contacto con el asfalto en ningún momento pero el Mustang avisa y no traiciona. El tren trasero mantiene, además, una motricidad más que aceptable a la salida de las curvas, sólo le penalizan estas citadas inercias motivadas por su peso, aunque también agradeceríamos un tacto de guiado más preciso por parte de una dirección de asistencia eléctrica que, incluso en su posición más deportiva, resulta bastante suave.

PODER DE ATRACCIÓN

En realidad tampoco importa demasiado. Queda claro que la filosofía de este modelo es otra; su objetivo nunca fue el de marcar el mejor tiempo por vuelta en un circuito o vencer en un rallye regional cualquiera. Este Mustang Convertible te permite saborear otro tipo de conducción, escuchando al aire libre el sonido contundente de su propulsor, sintiendo cómo su capó se eleva cuando exprimes su V8. Transmite poderío a raudales, pero a su manera, sin renunciar al confort de un habitáculo amplio, un asiento cómodo y una suspensión permisiva.

El sonido del V8 se filtra perfectamente a un habitáculo bien aislado y es un ronroneo que engancha.

Si relinchara tendríamos la certeza de estar dando un paseo en caballo, pero es que ésa es precisamente la experiencia de conducción que tiene que brindar un buen 'pony car'. El apodo no puede ser más certero, ni nuestra prueba más efímera. El tiempo se nos esfumó luciendo palmito en el centro de la ciudad devorando kilómetros en autopista, sintiendo toda su fuerza y su nobleza. ¡Larga vida al Mustang!

- Precio, prestaciones y equipamiento del Ford Mustang GT Convertible